La música seguía sonando en el jardín, pero para Lysandra ya era un eco lejano, como si la velada perteneciera a otro mundo. El cansancio había llegado de golpe, pesado, envolviéndola desde adentro. No era solo sueño: era esa fatiga distinta, profunda, que no se va con un poco de aire fresco. Se llevó una mano al vientre casi sin darse cuenta, como si su cuerpo ya supiera cosas que su mente aún intentaba ordenar.
Kael lo notó enseguida.
—Estás pálida —murmuró, inclinándose apenas hacia ella—. ¿