La mañana entró despacio por las ventanas cuando el doctor Gregori llegó a la residencia. Su presencia siempre traía una mezcla de calma y gravedad, como si el tiempo se ordenara a su alrededor.
Lysandra estaba sentada en la cama, con las manos apoyadas sobre el vientre todavía plano, como si así pudiera convencerse de que aquello era real. Kael permanecía de pie a su lado, atento a cada gesto, a cada respiración.
—Bueno, Luna —dijo Gregori con una sonrisa suave mientras preparaba sus instrumen