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La casa estaba inusualmente silenciosa.

No era el silencio tenso de una manada alerta, sino uno más profundo, casi reverente. Kael había decidido cenar en la habitación con Lysandra. Kiki lo había entendido perfectamente: la Luna necesitaba descansar. Cuando la Luna estaba cansada —o cuando el Alfa necesitaba proteger algo que aún no podía nombrarse—, la casa entera parecía adaptarse.

Por eso, en la cocina, solo estaban ellas dos.

Kiki servía la sopa con movimientos tranquilos, maternales. Sara
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