Lysandra encontró a Moirah en los jardines del hospital, donde las enredaderas trepaban por los muros blancos como si intentaran escapar. Caminaban despacio, el aire olía a lluvia reciente y a algo antiguo, casi sagrado.
—Kael ya sabe dónde estoy —dijo Lysandra de pronto, rompiendo el silencio.
Moirah no se detuvo, pero sus dedos se tensaron apenas alrededor del bastón de madera.
—Lo imaginamos —respondió—. Desde hace noches… sentimos su presencia. No con los sentidos comunes.
La miró entonces.