Lysandra salió del santuario sin mirar atrás.
El velo cayó detrás de ella como una cortina de agua invisible y el mundo cambió de inmediato. El aire era más frío, más áspero. El bosque ya no estaba cuidado por la magia: crujía, respiraba, observaba. Estaba por su cuenta.
Caminó.
No llamó a nadie.
No pronunció ningún nombre. En principio solo observaba; creía tener tiempo de hacerlo.
Pero en su pecho había una certeza que la empujaba hacia adelante, como si algo —o alguien— la estuviera llamando