Antes de dirigirse al almuerzo, Kael se detuvo frente a Iris en el pasillo principal. La luz que entraba por los ventanales dibujaba sombras largas sobre las paredes de piedra.
—Hay algo que tienes que evitar mencionar en la mesa —dijo él, con voz baja pero firme—.
Nada de manadas. Nada de lobos.
Iris alzó una ceja, divertida.
—¿No se lo has dicho? —preguntó, ladeando la cabeza—. ¿La humana no sabe? Esto es una locura... ¿Aún no ha visto a nadie de la comunidad transformarse?
—No —respondió Kael sin rodeos—. Lysandra es personal bajo mi protección. Su llegada es reciente y hay información que está restringida. No le compete. La manada me ha ayudado a que no vea nada extraño por ahora.
Iris sonrió con lentitud, como si acabara de encajar una pieza invisible.
—Y además… —añadió— es tu mate.
Kael clavó los ojos en ella.
—Si lo fuera, sería problema mío —sentenció—. Lo importante es Nyra.
La niña la necesita. Se ha apegado a ella más de lo que esperaba… y pienso preservar eso; es una rela