ADRIAN
Observamos a los primeros jugadores en silencio.
La ruleta gira con elegancia, como si todo fuera parte de un espectáculo perfectamente calculado. Aquí las apuestas no son un par de dólares lanzados al azar… aquí se juegan millones. Fortunas que van y vienen en cuestión de segundos, decididas por el giro de una rueda.
He jugado un par de veces.
Siempre por diversión.
Siempre con control.
Sé cuándo retirarme. Sé dónde está el límite. Porque, a diferencia de muchos, entiendo algo esencial: