BIANCA
Adrián rodea mi cintura y besa mis labios con suavidad. El murmullo a nuestro alrededor apenas lo registro. Mis abuelos se acercan enseguida y, junto a ellos, nos trasladamos al área de prensa. Tomo asiento entre ambos, uno a cada lado, con la espalda recta y el corazón aún acelerado.
Las manos se alzan de inmediato.
—¿Se decía que usted era solo una empleada, ¿es eso cierto?
—Lo es —respondo con orgullo—. Así conocí a Adrián.
—¿Cómo es posible entonces que él sea su hijo?
—Eso es un secreto —respondo riendo suavemente, mientras un recuerdo borroso de nuestro matrimonio me cruza la mente.
—¿Cómo sintió la muerte de la ex amada de su esposo? ¿Se alegró por ello?
Noto la cizaña en su tono.
Un silencio abrupto cae sobre la sala ante la pregunta. Adrián clava en la entrevistadora una mirada fulminante.
Mi expresión no cambia.
Porque sí, fue querida por él en su tiempo.
Y jamás me alegraría por la muerte de alguien, por más mal que nos hayamos llevado.
—Jamás me alegrarí