BIANCA
Adrián rodea mi cintura y besa mis labios con suavidad. El murmullo a nuestro alrededor apenas lo registro. Mis abuelos se acercan enseguida y, junto a ellos, nos trasladamos al área de prensa. Tomo asiento entre ambos, uno a cada lado, con la espalda recta y el corazón aún acelerado.
Las manos se alzan de inmediato.
—¿Se decía que usted era solo una empleada, ¿es eso cierto?
—Lo es —respondo con orgullo—. Así conocí a Adrián.
—¿Cómo es posible entonces que él sea su hijo?
—Eso es u