BIANCA
El ascensor se abre y avanzo por el pasillo hasta la oficina. Cuando entro, Adrián está solo.
—Tuve un pequeño accidente con tu café —digo.
Él levanta la mirada, apenas interesado.
—Déjalo así, no hay problema.
No sé por qué tengo la leve impresión de que ella aparecerá en cualquier momento para armar el espectáculo de su vida.
No saco a Austin del coche; le entrego otro juguete y queda entretenido. Rodeo el escritorio de Adrián y me siento sobre sus piernas.
—Es que… fue un accidente —añado, poniendo mi mejor cara de inocencia—. Y quizá te enfades conmigo.
Él me acomoda con naturalidad entre sus piernas. Su nariz se desliza por mi cuello, sube con lentitud y deja un beso suave en mi mejilla.
—Me da exactamente lo mismo lo que hayas hecho con ese café.
—¿Aunque se lo haya echado encima a un par de mujeres? —susurro.
Esta vez sí levanta la mirada. Entrecierra los ojos, evaluándome. Yo solo sonrío.
—Es que Natalie y Carla iban juntas —continúo—. Y recordé que esa mujer intentó be