ADRIÁN
Bianca duerme profundamente. A mí me duele la cabeza, y prefiero no imaginar cómo habrá amanecido el señor Hamilton; fue el primero en caer rendido anoche.
Me pongo de pie con cuidado. Austin ya está despierto en su cuna. Me apresuro a asearme y me encargo de él para no molestar a Bianca. Reparo en la hora: ya casi es mediodía.
Su pañal aún está limpio; de seguro Bianca se despertó temprano para encargarse de él.
Bajo con Austin hacia el comedor. Está a punto de cumplir un año. En un mes más. Está más inquieto, impaciente, como si su cuerpo ya supiera que quiere caminar, aunque todavía no pueda hacerlo.
—Señor —Roger se acerca—. La joven Carla salió. Informó que no se preocupara, que regresaría por su cuenta.
—Bien —respondo—. Me parece lo correcto.
—El almuerzo del niño está preparado —añade.
—Que lo traigan. Yo mismo se lo daré.
Roger me observa, visiblemente sorprendido, pero no dice nada.
Y es que siempre me he apoyado en las empleadas para cuidar de Austin. Siempre ha sido