Luego de varios minutos en el recibidor, aquella pareja por fin decidió ir a la cocina. Efraín miró el lugar con atención; la casa tenía una calidez que solo Marina podía darle. Era más que obvio lo que ella decía: ese lugar no era del gusto de Marina, pero conocía bien a la mujer para quien fue comprada esa casa.
—Entonces, ¿café y chocolatines? —preguntó la joven mujer rompiendo aquel tenso momento.
—Pues según tú, quieres asegurarte de que nadie más me desee…
—Yo no dije eso… —Replicó Marina,