Efraín se armó de valor y, alejando la idea de si era o no correcto abrazarla, rodeó el cuerpo de aquella mujer con uno de sus brazos; al no ver renuencia, con su mano libre, tomó su mentón y la hizo verlo a los ojos. Sin prisa se fue acercando a ella y muy cerquita de sus labios le susurró:
—Jamás volverás a estar sola, eso debe quedarte claro.
Luego de aquellas palabras, la besó; ella, increíblemente, olvidando donde se encontraban, correspondió a aquel beso y, tal como sucedía cada que estaba