Era de noche en la Ciudad de México y, mientras Marina se iba a la cama tras una agradable, pero un tanto sorpresiva visita, muchas vidas cambiaban al mismo tiempo.
Una de ellas era la de Florencia Lovato, quien ahora vivía en una casa de seguridad que le había pagado Efraín para que se sintiera más tranquila.
—Buenas noches, señora Lovato.
—Eh… Sí, dígame…
—Soy la licenciada Navarrete.
—Hola, licenciada, perdone, no reconocí su voz.
—No se preocupe… Le llamaba para avisarle que el señor Montema