Elena
Lucien estaba allí.
Solo estaba allí, mirándome como si el mundo se hubiera detenido a mitad de una respiración.
El tiempo se estiró dolorosamente fino. No podía moverme. No podía hablar. Mis dedos se apretaron alrededor de la toalla que envolvía mi cuerpo, pero el miedo que me subía por la espina dorsal no tenía nada que ver con la piel desnuda.
Era la forma en que me estaba mirando.
Como si estuviera viendo algo más.
Algo familiar.
Algo enterrado.
Sostuve su mirada, el corazón martilleá