Elena
El salón de baile nos engulló en cuanto pusimos un pie dentro.
La luz se derramaba desde enormes arañas de cristal en lo alto, cuyos cristales capturaban y dispersaban la iluminación sobre suelos de mármol pulidos hasta brillar como espejos. El resplandor se reflejaba en mesas de vidrio distribuidas por el espacio, cada una adornada con elaborados arreglos florales que liberaban una fragancia sutil y costosa en el aire.
El oro y el marfil dominaban la paleta de la sala, suavizados por el