Elena
El salón de baile nos engulló en cuanto pusimos un pie dentro.
La luz se derramaba desde enormes arañas de cristal en lo alto, cuyos cristales capturaban y dispersaban la iluminación sobre suelos de mármol pulidos hasta brillar como espejos. El resplandor se reflejaba en mesas de vidrio distribuidas por el espacio, cada una adornada con elaborados arreglos florales que liberaban una fragancia sutil y costosa en el aire.
El oro y el marfil dominaban la paleta de la sala, suavizados por el movimiento de rojos profundos, verdes esmeralda y azules medianoche de los vestidos que rozaban el suelo mientras sus portadoras se deslizaban. Todo brillaba bajo la iluminación cuidadosamente posicionada. Todo competía por atención en una batalla silenciosa de riqueza y gusto.
La música flotaba en el aire: lenta, elegante, elegida con cuidado para establecer el tono sin abrumar la conversación. Un cuarteto de cuerdas ocupaba una plataforma elevada en una esquina, sus instrumentos produciendo me