Elena
Solté una risa burlona y fuerte; el sonido fue agudo y defensivo en el silencio de la enorme suite. El peso de aquella seda esmeralda en mis manos se sentía como una trampa que no había pedido.
—¿Sabes qué? Realmente me importa un comino cómo terminó la ropa de mujer en tu casa —dije, agitando la mano con desdén como si pudiera borrar el pensamiento del aire—. Es tu casa, después de todo. Tus secretos, tu plano.
No esperé su réplica. Mi piel se sentía demasiado tensa, mi pulso demasiado a