Elena
El sol era un moretón sangrante en el horizonte cuando salí del ronroneante refugio del coche de Ryder. No miré atrás; no podía permitirme que él viera el destello de vacilación en mis ojos. Caminé hacia la casa, con el taconeo de mis zapatos marcando un ritmo agudo y nervioso contra el pavimento, mientras sentía el pecho oprimido, como si la seda esmeralda del vestido fuera un corsé que se apretaba más con cada paso.
Mi mente era una traidora. Se negaba a dejarlo ir. Cada vez que cerraba