Elena
No podía dejar de pensar.
Esa era la forma más honesta de resumir el día: que debajo de cada reunión, cada firma y cada intercambio profesional ordinario, mi mente no se había callado ni una sola vez. Ni siquiera mientras revisaba contratos, ni siquiera mientras daba instrucciones a una sala llena de personas que esperaban que estuviera completamente presente, ni siquiera mientras respondía correos y representaba la versión de mí misma que el mundo estaba acostumbrado a ver. La maquinaria