Elena
Los ojos de Leah no se apartaron de los míos.
Ni por un segundo. Ni siquiera mientras el silencio entre nosotras se alargaba lo suficiente como para convertirse en su propia clase de presión, la clase que la mayoría de la gente rompía solo para respirar con más facilidad. Se quedó sentada con las manos descansando tranquilamente en su regazo, la postura inmóvil, la mirada firme, y esperó con la paciencia de alguien que entendía que apresurar este momento solo haría que se cerrara.
—Puedes