Elena
Estaba soñando.
En el sueño, mis manos estaban atadas: Sharon me sujetaba de un lado y Lucien del otro. El viento aullaba a nuestro alrededor, frío e implacable, azotándome el cabello contra la cara en mechones que escocían mientras colgaba entre ellos sobre un acantilado oscuro e infinito. Debajo de mí no había nada más que vacío: ni suelo, ni fin, solo una oscuridad infinita que parecía tirar de mí con su propia gravedad. Un movimiento en falso y caería en esa nada para siempre.
—Por fa