Elena
Recorría mi oficina como un animal enjaulado, mis tacones resonando con fuerza contra el suelo de mármol mientras mis pensamientos se negaban a calmarse, se negaban a organizarse en algo coherente. Por más que lo intentara, por más veces que diera vueltas a las mismas preguntas, mi mente no se quedaba en un solo lugar. Cada conclusión a la que llegaba se deshacía casi de inmediato, como un hilo que se saca de una tela, dejando atrás más preguntas que respuestas, más confusión que clarida