El sol dominicano, travieso y brillante, se colaba entre el calado verde esmeralda de las hojas de las palmeras, salpicando el techo multicolor del Kids Club con monedas de luz dorada. Al cruzar el umbral, una bocanada de aire cálido y dulzón envolvía a los visitantes: la cera tibia de los crayones derretidos se mezclaba con la untuosidad del protector solar y el aroma tentador de las galletas de mantequilla recién horneadas. Un ventilador en el techo, con un suspiro perezoso, agitaba las cinta