La sala del Kids Club parecía un pequeño campo de batalla. Cojines desperdigados, tubos inflables apilados en construcciones absurdas y una lluvia de brillantina cubriendo el suelo como si hubiera explotado una piñata cósmica. El ventilador giraba lento, como resignado ante la algarabía infantil.
—¡Ese es mi castillo! —gritó Chiara, con las manos en la cintura y el ceño fruncido como una reina destronada.
—¡Ya no! ¡Ahora es nuestra base secreta submarina! —corrigió André, coronado con conchas y