El dos de enero amaneció con una calma engañosa. Afuera, Chicago parecía haberse tomado una pausa después del frenesí de la víspera de Año Nuevo: las calles estaban medio vacías, los cafés abrían más tarde, y el aire frío arrastraba restos de serpentinas y confeti, como si la ciudad aún intentara sacudirse la resaca.
Hugo se había despertado temprano. No por costumbre, ni por el trabajo que lo esperaba. Se levantó porque no había manera de seguir durmiendo con el corazón tan inquieto.
Se prepar