Al llegar al aeropuerto de Santiago, Hugo y Ana fueron guiados hacia una sala privada con aire acondicionado y mobiliario de diseño contemporáneo. Las cristaleras panorámicas dejaban entrar la luz dorada de la mañana, y el leve murmullo de las hélices en la pista se colaba a través del vidrio.
Ana apenas hablaba. Llevaba unos lentes de sol oscuros que ocultaban su mirada distante, y Hugo, aunque acostumbrado a leerla con facilidad, no lograba descifrar si estaba emocionada o simplemente cansada.