El sol apenas se filtraba por las cortinas cuando Ana regresó sigilosamente a la habitación del hotel. Llevaba una sonrisa cómplice en los labios y las mejillas ligeramente encendidas por la emoción: acababa de reservar un tour que prometía una noche inolvidable por Santiago.
Al entrar, el aire acondicionado le acarició la piel expuesta. Hugo aún dormía, envuelto en las sábanas blancas, con el torso al descubierto y una pierna colgando al borde del colchón. Respiraba profundo, ajeno a la pequeña