El bar del hotel estaba casi vacío a esa hora de la tarde. La luz dorada del sol se colaba entre las persianas, tiñendo de ámbar las botellas alineadas en la repisa. Hugo pidió dos rones dobles, sin hielo, y se los llevó a la mesa donde su padre lo esperaba con los codos apoyados en la madera y una expresión que oscilaba entre la preocupación y el juicio silencioso.
—Gracias —dijo el hombre, tomando el suyo con una leve inclinación de cabeza.
Hugo no respondió. Solo se quedó mirando el vaivén le