El viaje a Santiago prometía sorpresas para ambos. Cada uno debía planear una actividad para el otro sin revelar detalles. El juego estaba en adivinar gustos, pasiones o hobbies del otro, aunque apenas se conocían. La incertidumbre le añadía una chispa de emoción… y de miedo.
Hugo fue el primero en elegir. Aprovechando que la noche anterior Ana había dejado entrever su fascinación por la arquitectura y el arte, la llevó al Museo Diego Velázquez, una de las casas coloniales más antiguas de Latino