Los días transcurrieron con una calma aparente en la abadía, pero en el interior de Eira, una tormenta crecía sin cesar. Las imágenes de Lirien siendo arrastrada por aquellos hombres no dejaban de perseguirla. La impotencia la consumía, y las noches eran largas, llenas de insomnio y preguntas sin respuesta.
Buscaba a Eleonora cada vez que podía, pero las monjas parecían más vigilantes que nunca. Había ojos en cada esquina, oídos atentos y labios sellados. El temor era palpable, y el silencio en