La Oferta del Emperador
El resto de la fiesta fue una tortura borrosa. Nos movimos, sonreímos y hablamos como autómatas, mientras la amenaza de Katerina pendía sobre nosotros como una guillotina.
Cada risa en la sala sonaba como una burla, cada felicitación como una puñalada. Jack me mantuvo pegada a su lado, su mano era un torniquete de acero en mi espalda, como si temiera que me desintegrara si me soltaba.
Tan pronto como el último invitado importante se fue, nos excusamos y prácticamente corrimos escaleras arriba, lejos de la música y las luces.
En el silencio de la suite de invitados, la fachada se derrumbó. Me arranqué el collar de esmeraldas y lo tiré sobre la cama como si me quemara.
—Es culpa mía —dije, las palabras saliendo en un torrente ahogado—. Todo esto es mi culpa. El video. Mi estúpida bocaza. Te he traído este desastre a tu puerta, Jack. Lo siento tanto.
Me pasé las manos por el pelo, arruinando el pei