La Oferta del Emperador
El resto de la fiesta fue una tortura borrosa. Nos movimos, sonreímos y hablamos como autómatas, mientras la amenaza de Katerina pendía sobre nosotros como una guillotina.
Cada risa en la sala sonaba como una burla, cada felicitación como una puñalada. Jack me mantuvo pegada a su lado, su mano era un torniquete de acero en mi espalda, como si temiera que me desintegrara si me soltaba.
Tan pronto como el último invitado importante se