Capitulo 5

La mañana llegó sin piedad. El sol aún no se había asomado por el horizonte, pero el cielo ya estaba teñido con los grises acerados de un amanecer inminente. Celeste se puso un vestido de viaje de lana gruesa, el único que no olía a bosque y humo, y se ciñó el bolso de lona con sus libros. Elian ya había encendido la chimenea y el aroma a leña recién quemada luchaba contra la humedad del exterior.

El momento de la despedida fue breve y punzante. Junto al camino de tierra, la diligencia esperaba, un pesado armatoste de madera tirado por dos caballos robustos que resoplaban nubes de vapor en el aire gélido.

—Escríbeme cada semana. Y come bien. La sopa de cebada no dura eternamente —dijo Elian, forzando una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

Celeste se aferró a él, hundiendo el rostro en el hombro de su hermano. El olor a pino y a tierra mojada que desprendía su ropa era el aroma del hogar, de la única seguridad que había conocido.

—Tú también cuídate. Y no salgas de noche —susurró ella. Era una súplica, una orden que sabía que él ignoraría.

Elian le dio un beso en la frente, suave y firme.

—Ve. La vida es más que buscar criaturas aterradoras en la oscuridad, Celeste.

Ella asintió, su garganta anudada. Subió a la diligencia. Por la ventanilla empañada, vio cómo su hermano se quedaba de pie, su figura solitaria menguando a medida que el traqueteo del carruaje se hacía más fuerte. Él no se movió hasta que el bosque los tragó a ambos.

El viaje fue una tortura de tres días. El camino era un lodazal, el aire dentro de la diligencia era una mezcla sofocante de aliento, lana húmeda y el tabaco rancio de sus silenciosos compañeros de viaje. Las montañas de Vesperia se aplanaron lentamente en colinas cubiertas de tojo y brezo, y el aire puro y gélido fue sustituido por un frío más denso y chuvioso (lluvioso). Celeste no pudo dormir bien; cuando lo hacía, el sueño la arrastraba de vuelta al lindero.

El pelaje negro como el ébano. Los ojos azules, brillantes y cargados de un dolor humano. La tensión de los músculos...

Se despertaba de golpe, el corazón desbocado, sintiendo el picor de la lana en su cuello como si fuesen zarpas. El lobo no se iba; se había alojado en la parte más profunda de su mente, un recuerdo más real que la maleta a sus pies.

Santiago de Compostela

Al cuarto día, el aire cambió de manera definitiva. Se volvió pesado, impregnado con el hollín de miles de chimeneas, el olor dulzón de los residuos y el penetrante regusto a carbón. La constante llovizna cubría la escena.

La ciudad, que era Santiago de Compostela, se alzaba como una masa sombría bajo un cielo que siempre parecía estar al borde de la tormenta. No era la promesa de luces y vida que había soñado; era una extensión de granito oscuro y piedra húmeda, con tejados apretados y miles de chimeneas que exhalaban una niebla perpetua. Era, pensó Celeste con un escalofrío, una ciudad de sombras y de mucosidade (humedad).

La diligencia se detuvo en el Obradoiro, un patio abarrotado y caótico. El estruendo de los carros, el griterío de los vendedores y el clamor de los peregrinos la golpearon, un asalto sensorial que hizo que su cabeza zumbara. Bajó, aferrándose a su maleta y su bolsa de libros, sintiéndose diminuta y terriblemente expuesta.

Su alojamiento, que había apalabrado su hermano con una vieja conocida, estaba en un barrio estudiantil que era apenas mejor que un callejón. Era una pequeña habitación en el tercer piso de una casa antigua, con un papel tapiz desgarrado y un olor persistente a humedad y coliflor cocida. Pero tenía una cama, una pequeña estufa de carbón y un escritorio junto a una ventana que daba a un patio interior ruidoso.

Se desplomó en la cama, la tela del colchón áspera bajo sus dedos, y se permitió llorar en silencio un momento.

La necesidad de dinero la sacó de la melancolía. Los ahorros de Elian no durarían mucho con el precio del carbón y los libros.

Una semana después, Celeste había conseguido un trabajo a tiempo parcial. No era la biblioteca de la Universidad, sino una pequeña librería de segunda mano llamada 'El Rincón del Filósofo' en una calle lateral tranquila. El dueño, un hombre anciano y silencioso que parecía estar hecho del mismo polvo que sus libros, la dejó a cargo de clasificar y vender las ediciones más raras.

Fue allí donde conoció a Lira.

Lira era tan vibrante como Celeste era reservada. Con el cabello de un rojo cobrizo peinado en trenzas apretadas, y unos ojos verdes y brillantes llenos de una curiosidad ilimitada. Estudiaba Química en la Universidad y trabajaba por las tardes en una imprenta cercana, pero pasaba sus mañanas en 'El Rincón', buscando ediciones de anatomía y alquimia.

El primer encuentro fue cuando Celeste derribó una pila precaria de folletos sobre la Revolución Francesa. Lira, en lugar de irritarse, simplemente se rio, un sonido cálido y resonante.

—Vaya bienvenida. Pareces nueva en esto de los equilibrios estructurales —dijo Lira, arrodillándose para ayudar a recoger. Su voz era fuerte, con un ligero acento de las tierras bajas.

Celeste sintió cómo el rubor le subía por el cuello.

—Lo siento. Aún no me acostumbro al ritmo... de la ciudad.

Lira se levantó, sosteniendo la pila de folletos contra su pecho. Sus ojos verdes escanearon a Celeste con una intensidad inofensiva.

—Tú no eres de aquí. Demasiado silenciosa, y el aire de la montaña aún está en tu ropa. ¿Celeste, verdad? El señor Bérlier me lo dijo.

—Sí. Vengo de las montañas de Vesperia .

—¡Vesperia! Siempre he querido ir. ¿Es verdad que el cielo es tan claro que puedes ver la Vía Láctea como si fuera terciopelo?

Celeste sintió una punzada de anhelo.

—Es verdad. Aquí, solo veo hollín.

Lira hizo una mueca comprensiva y apoyó los folletos.

—Te acostumbrarás. O no, y eso es mejor. Este lugar es un laberinto de secretos y estudios. ¿Qué haces en la capital?

—Vengo por la Universidad. Administración.

Lira sonrió, revelando un hoyuelo en su mejilla.

—¡Vaya! Yo, Química y Filosofía Oculta. Necesitamos una amiga que nos ayude a soñar con el pasado cuando el presente apesta tanto. Tu cerebro debe estar lleno de números y balances, no de mitos. ¿Aceptas un café aguado en la fonda de enfrente...?

Celeste, sorprendida por el torrente de energía, sintió una pequeña fisura en el muro de soledad que había construido.

—Acepto. Pero te advierto que no sé nada de alquimia.

—¡Perfecto! Así tengo a alguien a quien impresionar con mis conocimientos.

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Con la Universidad comenzando y su amistad con Lira floreciendo, la vida de Celeste adquirió un ritmo febril y ruidoso. El aroma del papel viejo y el café se mezclaron con el olor a hollín y la persistente humedad, formando el nuevo perfume de su existencia. Hablaba menos del bosque, concentrándose en las clases de retórica y en los ensayos que llenaban sus noches.

Pero la noche la traicionaba.

Los sueños regresaron, no como pesadillas, sino como visitas oníricas de una realidad alternativa. Siempre comenzaban con el frío y el olor a tierra mojada.

Se encontraba de nuevo en el lindero, la neblina cubriendo sus tobillos. La luna brillaba, pero la oscuridad era total. Entonces, lo veía.

El lobo. Siempre recostado, nunca agresivo, su pelaje de ébano un contraste perfecto contra las hojas caídas. Sus ojos azules la miraban fijamente, sin parpadear. No había amenaza en ellos, solo una profunda, inmensa melancolía. En el sueño, el aire vibraba con una comunicación sin palabras, un diálogo de almas desnudas.

—¿Por qué me buscas? —parecían decir los ojos azules.

—¿Por qué huyes? —respondía el silencio de Celeste.

Una noche, el sueño fue más vívido. Estaba más cerca de él, lo suficiente para notar los mechones de pelo más claros alrededor de su hocico. Vio la cicatriz delgada, como un hilo plateado, que cruzaba su costado. Ella levantó la mano en el sueño, sin miedo, para tocarlo. Justo antes de que sus dedos rozaran el pelaje, el lobo se sacudió, emitió un aullido bajo, que sonaba sorprendentemente humano, y corrió.

Celeste despertaba con un jadeo, con la sensación física de la lana áspera en sus dedos, y el persistente aroma almizclado del depredador en sus fosas nasales, a pesar del aire cargado de la ciudad.

En la librería, la aparición de un nuevo empleado añadió otra capa de misterio a la nueva vida de Celeste. Se llamaba Gareth y era un estudiante de Leyes que necesitaba dinero extra. A diferencia de la mayoría de los estudiantes, Gareth era silencioso hasta el punto de la introspección.

Era alto y delgado, con el pelo castaño oscuro siempre impecablemente peinado hacia atrás. Sus manos eran grandes y hábiles, y tenía la costumbre de examinar los lomos de los libros con una seriedad casi reverente. Llevaba una gabardina color carbón que parecía absorber toda la luz de la pequeña tienda. Pero lo que intrigaba a Celeste eran sus ojos: eran de un color extraño, casi plateado, y muy evasivos. Rara vez se cruzaban con los de ella, y cuando lo hacían, Gareth se giraba rápidamente.

Un día, mientras clasificaban libros de mitología antigua en la sección trasera, Celeste hizo un comentario sobre un texto que describía a los Lycaones, los hombres-lobo del folclore griego (o los Lobisóns de la tradición gallega).

—Es fascinante cómo la gente necesita crear monstruos para justificar su miedo a la oscuridad —dijo Celeste, sin pensar.

Gareth, que estaba limpiando el polvo de una estantería, se detuvo. El paño en su mano quedó inmóvil.

—O, tal vez, la gente crea mitos para justificar la realidad que no quieren aceptar —dijo Gareth, su voz baja y uniforme, pero con una resonancia inesperada.

Celeste se dio la vuelta. Vio que sus ojos plateados, por primera vez, la miraban directamente, y en ellos había una chispa de... ¿reconocimiento?

—¿Crees que hay algo de verdad en estas historias? —preguntó Celeste.

Gareth volvió a su tarea, el paño deslizándose sobre la madera.

—La verdad es a menudo mucho más simple, y mucho más aterradora, que la ficción. Pero la gente siempre ve lo que quiere ver. Un licántropo en las montañas es una bestia maldita. Un hombre que mata en la ciudad es un enfermo. La única diferencia es la capa de pelo.

Celeste se quedó en silencio, una tensión extraña flotando entre ellos, más densa que el polvo. La forma en que había dicho "licántropo" no era la de un estudiante de Leyes que bromeaba sobre el folclore. Parecía personal.

—Parece que hablas de conocimiento de causa —murmuró Celeste, volviendo a los libros, sintiendo el calor traicionero en sus mejillas.

Gareth se puso de pie, su figura proyectando una sombra alargada en la pared.

—He vivido en la ciudad el tiempo suficiente para saber que los verdaderos monstruos no tienen pelaje, Celeste. Sonríen y te venden libros. Y a veces, tienen ojos... plateados, o azules, y están tan atrapados como el animal más salvaje del bosque.

Se dirigió a la puerta trasera, dejando a Celeste con la mandíbula caída y el corazón latiendo con una intensidad que no había sentido desde la noche en el lindero.

Santiago de Compostela se había vuelto mucho más interesante, y mucho más peligrosa, de lo que había imaginado. El lobo se había ido del bosque, pero Celeste estaba empezando a preguntarse si, tal vez, solo se había mudado a Galicia.

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