30. La velada
Hermes terminó su tarea, secando suavemente a Hariella con una toalla suave. Sus movimientos eran lentos y amorosos, cada toque una reafirmación de su compromiso y devoción. Hariella lo miró con ojos llenos de amor y gratitud, sabiendo que en él había encontrado no solo a un amante, sino a un compañero de vida, alguien que la cuidaría en cada aspecto.

Después, volvieron al lecho matrimonial. Hermes, cargando a Hariella envuelta en una bata blanca, la dejó caer de manera lenta sobre la cama. El a
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