31. El despertar
En un momento de pura exaltación, ambos alcanzaron el orgasmo juntos. Sus cuerpos temblaron en un último espasmo de placer, sus voces entrelazadas en un grito de éxtasis compartido. Hermes, agotado, pero satisfecho, se dejó caer junto a Hariella, sus respiraciones entrecortadas llenando el aire.
Se quedaron allí, en silencio, disfrutando de la cercanía y la calidez del otro. El amor que compartían se sentía tangible, un lazo inquebrantable que los unía en cuerpo y alma. En ese momento, supieron