Elara se quedó de piedra, apretando la tela contra su pecho mientras el calor de la vergüenza le subía por el cuello. Ver a Rhevan, el hombre que siempre parecía una estatua de mármol, tropezar y perder la compostura por ella, provocó algo inesperado en su interior.
—¡Eres un idiota, Rhevan! —gritó ella, aunque su voz ya no sonaba tan furiosa, sino más bien nerviosa.
Rhevan, con la espalda pegada a la madera de la puerta tras el choque, cerró los ojos con fuerza, tratando de borrar la imagen qu