Elara había pasado el día entero como una sombra, agazapada en los rincones del pasillo, vigilando cada movimiento de los aposentos reales. Sabía que, tarde o temprano, las obligaciones del reino o el consejo de guerra obligarían a Kael a salir. La oportunidad llegó cuando el Alfa Supremo bajó las escaleras con paso firme y rostro sombrío.
En cuanto lo perdió de vista, Elara se las ingenió para subir corriendo, sorteando a los guardias con la agilidad que le otorgaba su nuevo y humilde uniforme