El eco de las cocinas del castillo parecía amplificar el silencio de la noche. Elara estaba de regreso, moviéndose como una sombra entre los fogones apagados y las mesas de trabajo. Esta vez estaba sola, y el peso del frasco en su bolsillo se sentía como una condena o una promesa de gloria.
Frente a ella, alineadas con una precisión militar, se encontraban las jarras de plata. Elara las veía todas, grabadas con el imponente logo del alfa, y eso le creó una confusión inmediata. Sus ojos saltaban