Victoria asintió con una rapidez febril, sus ojos brillando con la misma codicia que consumía a su hija. Entró en la cabaña y empezó a revolver un viejo arcón de madera, sacando ropas raídas y un delantal manchado de hollín y grasa que alguna vez perteneció a una de las criadas de la zona.
—Ponte esto —ordenó Victoria, arrojando las prendas sobre la mesa—. Mañana mismo iré al pueblo a buscar a Marta. Ella siempre necesita ayuda extra cuando los Alfas se reúnen; la cocina se vuelve un infierno y