La respiración de Aylén fue calmándose poco a poco, acompasándose con la de Kael. Al principio permaneció rígida, consciente de cada latido, de cada roce involuntario de la tela o del aire tibio entre ambos. No estaba acostumbrada a compartir el espacio con nadie, mucho menos con alguien cuya presencia imponía tanto… y, al mismo tiempo, la hacía sentirse extrañamente a salvo.
Kael permanecía despierto. Lo sabía porque su respiración aún no había caído en ese ritmo profundo del sueño. Ares tambi