Al caer la tarde, en los aposentos perfumados de hierbas y flores secas, Eyssa se encontraba frente a Mahi.
La luz del fuego de la chimenea dibujaba sombras en el suelo, y cada chispa parecía un presagio.
La voz de la mujer rompió el silencio, cargada de angustia.
—Eyssa… —susurró, con un tono que helaba la sangre—. Siento que Bea está planeando algo.
Un escalofrío recorrió la espalda de la joven loba. Se giró para mirarla con los ojos muy abiertos, el corazón desbocado.
—¿Planeando? —repitió, c