Ámbar seguía en el hotel, estaba en la cama, sus lágrimas no cesaban y eso había causado que la temperatura de su cuerpo aumentara, llevándola a tener una fiebre que la consumía. La habitación, antes cálida y acogedora, ahora le parecía fría y hostil.
Las sábanas, húmedas por el sudor, se pegaban a su piel, y cada respiración era un esfuerzo. Su cabeza palpitaba como un martillo, y su garganta ardía con cada palabra que intentaba pronunciar.
Aitana decidió quedarse con ella, pero la había ren