Dos semanas después, un sábado por la tarde, me encuentro acostada en el sofá, sintiendo lástima por mí misma, cuando el timbre suena. Salgo de mi trance de autocompasión para abrir la puerta y mi hermana, Alana, me ve y arruga su rostro.
—Luces horrible —dice.
Hago una mueca, sé que lo estoy: cabello despeinado y un pijama que ha tenido mejores días.
—Gracias, hermanita —contesto con sarcasmo. —Es mi día de descanso, así que estaré en la cama todo el día.
Ella niega de inmediato, emocionada. —N