Amaro se despertó confundido y con un terrible dolor de cabeza, como si se la hubiera pasado de fiesta toda la noche.
Sentado en la cama, con la boca seca y los párpados pesando toneladas, vio a Mónica cepillándose el cabello junto a la ventana.
—¿Qué estás haciendo en mi habitación? —le reclamó, sintiendo la lengua traposa.
—Esta es mi habitación, querido, y eres bienvenido todas las veces que quieras venir, el mejor aroma que puede perfumar mis sábanas es el tuyo. Aunque si vienes todas las no