Sintiéndose lo suficientemente mejor como para darse de alta, Amaro dejó el centro médico y regresó a su casa. Quería alcanzar a hablar con Alma antes de que se fuera porque sentía que no le había dicho todo lo que tenía que decirle.
Ella lo arruinaba todo y se iba. No, no le saldría tan fácil.
Cruzó la puerta de la entrada y se quedó perplejo ante la pasmosa escena: la mujer en el suelo, la sangre que le brotaba de la cabeza, su cuerpo retorcido, con los pies todavía en el segundo peldaño de