La música retumbaba en los oídos de Amaro mientras se abría paso entre la muchedumbre que se agolpaba en torno al escenario.
Las estrellas brillaban en lo alto y, abajo, iluminados por antorchas, los pueblerinos daban rienda suelta a su alegría, bailando como poseídos.
Entre ellos debían estar Alma y Edward; solo de imaginarlos, le hervía la sangre.
No los vio en la pista de baile, así que recorrió los alrededores, donde estaban los puestos de comida y las mesas.
El porte y la contextura de