Sentada en un rincón, al final de la sala de hospitalización, Alma velaba el descanso de Amaro. Había cuatro pacientes más allí, ninguno tan pálido como él.
El segundo, desde la entrada, se quejaba constantemente y despertaba a los otros, menos a Amaro.
En algún momento, durante la noche, cuando a ella misma le dio frío, le pidió a una enfermera una frazada para tapar a Amaro. Le llevaron una dos horas después y no olía muy bien.
Procuró cubrirlo. De vez en cuando, se acercaba y revisaba s