Los invitados seguían llegando a la casona de la familia Costa. Corriendo como si no hubiera un mañana, los gemelos iban de un lado a otro, con Enzo tras ellos. Catalina había entrado a la casa porque en el exterior no tenía señal.
Un mesero los esquivó, evitando por poco que se le cayera la bandeja llena de copas que cargaba. Enzo se disculpó con una mueca y buscó por los alrededores a los niños. Los vio ocultarse debajo de una mesa.
Para allá iba cuando en su camino se cruzó Venecia, a qui