EMELY.
Le entregué a la niña a Olivar para que se encargara de ambos un momento y caminé hacia la cocina. El ambiente allí era pesado. Kasidy estaba apoyada contra la encimera, con la respiración entrecortada y las lágrimas a punto de salir. Le pedí a las demás empleadas que nos dejaran a solas y obedecieron de inmediato.
—Kasidy, mírame —le dije, acercándome con calma.
Ella levantó la vista, aterrada.
—Luna, no puedo sacármelo de la cabeza. Siento que ese lazo me quema la piel.
—Escúchame bien