EMELY.
—Todo, Emely —repitió él, sin dejar de mirarme.
Me quité lo último que me cubría y me quedé completamente desnuda ante él. No sentí rastro de timidez; en esa habitación, con él, me sentía poderosa y amada. Me tumbé en la cama, sintiendo las sábanas frescas contra mi piel, mientras Olivar vertía el aceite tibio en sus palmas.
—Relájate —susurró, sentándose a mi lado—. Esta noche el mundo no existe. Solo existimos nosotros.
Sentí sus manos grandes y calientes posarse sobre mis hombros, ext