EMELY.
El aire en el ala médica de la mansión se había vuelto denso, cargado de un calor sofocante y ese olor metálico que nunca olvidaré. El primer milagro ya había ocurrido; el llanto vigoroso de mi primer hijo había roto el silencio minutos antes, anunciando su llegada. Olivar habia soltando una lágrima silenciosa mientras la doctora entregaba al pequeño a los brazos de Selene para despejar el campo de batalla. Pero para mí, aquella tregua duró apenas un suspiro.
—¡Emely, mírame! —la voz de