OLIVAR.
Me serví un trago de whisky y le pasé otro a Garino mientras nos hundíamos en los sillones de la sala. El silencio de la casa me estaba matando; era esa calma espesa que precede a la tormenta.
—Tenemos un problema con Emely —solté, mirando el líquido ámbar en mi vaso—. Estuvo revisando su correo. La policía la busca, hay denuncias por desaparición y su rastro en el mundo humano es un desastre.
Garino dio un trago largo y me miró con seriedad, apoyando los codos en las rodillas.
—Era de